Es raro, llegado un momento, crecemos. Crecemos, y la vida dinámica que, cuando niños, pasa como por la ventanilla tétrica de un subte, se convierte (de repente) en una creación pictórica y estática en la que la Vida y la Muerte son un mismo artista. Son innumerables paisajes y rostros en el mismo cuadro. Y ahí vivimos.
Creo que ahora comprendo lo que Marx llamaba alienación (sí, ya sé, es muy probable que lo esté aplicando mal, pero no es el punto), cuando la Vida pinta permanecemos indiferentes, sin embargo cuando es el turno de la Muerte, reaccionamos con todo el histerismo que se nos ocurre: depresión, tragedia, morbosidad, desamor, interés, etcétera. Es que la Muerte siempre pinta vacíos.
La Vida siempre ha sido abnegada con nosotros, pero la Muerte, ¡A la Muerte sí que la vapuleamos!
Hoy me doy cuenta de ello, es una siesta soleada de mayo, el Sol larga sus rayos cálidos que apenas combaten con el viento frío que los arrastra hacia algún lugar ¿cuántas cosas más llevará consigo? Hoy la Muerte dejó caer su careta ridícula de calavera impiadosa. Se mostró tal cual es, bella y un tanto cobarde. Yo dormitaba en el centro de mi cuadro, estaba muy cómoda en él, hacía mucho tiempo que estaba muy cómoda en él. Se acercó a escondidas, tímidamente, y vergonzosa (mi arriesgo a decir que con un poco de culpa) y se lo llevó.
Ahora miro un recipiente cargado de agua con un pan adentro ¿es extraño? No, porqu
e todo es más extraño que eso, por encima está su cajón, tranquilamente acomodado donde antes estaba su cama. Hay melancolía provocada por su repentina ausencia, pero no dolor, su rostro no ha cambiado nada, transmite paz, mucha paz (como siempre). Pienso en las monedas para Caronte, pero no me atrevo a preguntar la simbología del pan y el agua. Una flor amarilla enorme descansa sobre sus manos entrecruzadas. Hay todo un mensaje en esos colores pero no consigo encontrar palabras para describirlo (era de su jardín, eso seguro), vuelvo a ver perfectamente el cuadro en el que estoy sumergida, es tan hermoso, entra una brisa que parece llevar a la Muerte agotada y dolida hacia la puerta. Sí, ya terminó su obra aquí. Siento el hueco que dejó y la miro, no la veo, pero la miro, alzo la mano como saludo y como agradecimiento. Después de la zozobra, nos deja el cachetazo reafirmante de que aún vivimos. 
