lunes, 26 de abril de 2010

El principio creador (o el límite humano)


Cuando chica, nunca me atraían los juguetes armados, prefería mil veces tomar algo abstracto y nuevo y convertirlo en lo que yo quería, quizás ese haya sido el motivo principal de mi fanatismo por la plastilina.
Por temporadas, se me ocurrían nuevas cosas que coleccionar: botellitas, latitas, tarjetas, papeles, carpetas, piedritas, semillas. Pero sin duda hay una que se destaco por encima de todas las otras, y es que nunca –hasta ahora- le había encontrado una explicación racional: era una botella de champú desconocido de medio tamaño, algo de su líquido jabonoso color verde había quedado dentro, por ese entonces también me gustaba hacer burbujas con detergente, así que le cargué algo de agua:
El efecto era sumamente atractivo, cuando volteaba la botella bocabajo el jabón formaba un remolino blanco que giraba por al menos 5 segundos seguidos. Era una minúscula porción de naturaleza, o al menos eso imaginaba.
Sentía que era un regalo personalísimo, sólo yo, en todo Corrientes, ¡que va! en todo el mundo, tenía un tornado propio, un tornado que bajaba y se desintegraba a mi voluntad.
Había breves lapsos de claridad en las que repudiaba el absurdo de cuidar y contener el secreto de mi recipiente de champú mágico, pero era incapaz, no podía simplemente vaciarlo y dejar escapar con él todo mi poder soberano, Todo lo que controlaba, lo que sólo Yo había descubierto, creado.
Pero llegó el día –de no ser así, quizás no estaría yo escribiendo esto- en que sucedió, estaba en la habitación de mis padres a la hora de la siesta, y con total autonomía la botella se deslizó por entre mis dedos y cayó al suelo; intacta, vomitó todo su contenido que quedó esparcido por el piso convertido en espuma blanquecina. Por un momento pensé que era una extraña forma de sangre, “se murió”, decía, “se fue y no va a regresar. Lo tenía entre mis manos y no pude hacer nada”. Mis hermanos miraron con indiferencia mi desasosiego y mis padres –más sabios- ni siquiera me reprendieron por haber manchado su cuarto, una especie de lástima se asomó por su mirada, no me gustaba, nunca me gustó, pero esa vez me pareció tan favorable. Traté volver a crearla, claro está, pero nunca más volvió a aparecer.

Fui soberana por un momento de mi creación, así deben de sentirse inventores y artistas, es decir todos los adultos que trabajamos o aspiramos a trabajar, es más, viviendo ya recreamos lo que nos rodea, pero esa sensación de decepcionante liberación cuando la botella ya no estuvo, esa total certeza de que no puedo controlarlo todo y de que tampoco puedo mantenerlo por siempre, es lo que lo mantiene en mi memoria.

"Es como cuando cuidas de un pichón herido que sabes que va a morir, lo haces porque sabes que es algo que te conecta con algo más grande, algo que no sabes qué es, pero que lo sentís. Querés curarlo, lo deseas con todas tus fuerzas, y cuando muere, extrañamente, eso parece reafirmar aún más tu sentimiento."

Es una cadena de decepciones que te liberan del absurdo de creerte dios, pero que a la vez, te hacen ver que podés intentarlo una y mil veces, que a veces lo conseguís efímeramente y que a veces no, pero que el recuerdo de cada uno fue, es y será tu mejor y mayor creación.

lunes, 19 de abril de 2010

Sobre la economía (ofertas y demandas)

Ayer volví a escuchar de la boca de un –por suerte- olvidado personaje de la vida cotidiana, la frase “y, pasa que no hay trabajo”, y se me vino a la mente el hartazgo de escuchar la vocecita irritante de un profesor –si se lo puede llamar así- que decía “sin demanda no hay oferta, sube la demanda aumentan los precios”. Típico, para qué esforzarse si hay una frase hecha que respalde la falta de determinación.
Y, no sé por qué, pienso en la enorme cantidad de sanguches de pan y milanesas de rata que consumimos irremediablemente todos los días, mientras soñamos que estamos degustando los más deliciosos platos.
Y ahí está, problema resuelto, cuando me reciba tendré los conocimientos necesarios para buscar un rincón adecuado, entre el Puerto y el Teatro, y entablar un negocio culinario con lo básico: empanadas, tartas, chipa y agua caliente a menos de $10 –límite establecido según la Constitución Lauchera del Estudiante que establece que ese vuelto en fotocopias que te quedó del lunes pasado debe ser suficiente para alimentarse toda la semana-. Cartelitos correctos por acá, publicidad distribuída por allá, la sonrisa amigable que no estamos acostumbrados a ver en las caripelas de los empledos públicos y ¡pam! ¡El negocio redondo!!
Es tan fácil ser capitalista... Y luego dicen que una vez recibido, lo difícil es encontrar trabajo… Hay a gente a la que le gusta quejarse nomás, ¿o no?
Para que luego no digan que le economía no es divertida, ¡baila! al ritmo de la Demanda...

miércoles, 14 de abril de 2010

Tragedia en el aula 5

Un desaguadero inútil pegado contra la pared, seco, en desuso. Me lo quedo mirando un largo rato, me hago preguntas divagantes sobre el por qué lo habrán convertido en basurero improvisado del aula, pienso en los antiguos habitantes, ¿qué habrá sido este lugar? Un cuarto, quizás, o un depósito. Imagino a mis compañeros convertidos en cajas llenas de víveres para el invierno, amontonados –como ahora- y en este mismo lugar, esperando la libertad de un pasillo estrecho, y sin embargo llenos de esperanza de que los lleve hasta una perecedera libertad.
Vuelvo a mirar el desaguadero, papeles brillantes, rojos y blancos, hojas de cuaderno, y toda una fauna que bien podría describirnos en segundos están encimadas en su interior, “otra metáfora”, pienso.
Tres distorsiones del entorno me devuelven al tiempo y el espacio pseudo real: una molesta brisa fría entra por el ventanal que no cuenta con la traba moderna que sí tiene la otra -el clásico papel doblado- además un ruido ensordecedor simula ser la proyección de una película de la cual sólo veo tres cabezas melenudas rodeadas de una luz brillante –como siempre en el aula, predomina la Supervivencia del más alto-, "si no van a subir la tele a una altura decente, al menos debería haber un decreto que obligue una rapada al ras para todos los alumnos", pienso; y sólo escucho el idioma marciano de los posibles tíos lejanos de Darth Vader, “Ah, bien”, continúo “tanta ostentación de tecnología para que mi desempeño académico dependa de la senilidad de un viejo VHS”. Por si todo esto no fuese poco, mi estómago me habla, sí, me dice cosas, me suplica, me putea, me advierte, por momentos se olvida de mí para entablar conversación con un par de al lado, parece que se complotan. Miro los ojitos de súplica de mi compañera y me siento bien de vuelta, no soy yo, somos más de 40 loquitos lindos despeinados, preocupados, hambrientos y risueños (¿risueños de qué? Nunca lo sabré, pero a estas alturas es lindo no saber ciertas cosas).
Una transición lenta del calor hacia el frío, nublado, especial para echarse una buena siesta, pienso, y creo que pensamos todos. ¿Cuántas horas faltan para que termine este espectáculo? Eso sólo se preguntan los aburridos o los amargos, los otros seguimos, cuatro, cinco, seis, siete, ¡las que vengan! parecen gritar esos mates express listísimos para cuando quieran ser consumidos.
“Estos periodistas no tienen sentido de los horarios y las costumbres sociales, ¡maleducados!”, digo para mí, “¿a qué tipo cuerdo se le ocurre dar clases a las 1 de la tarde?”.
Y francamente, a un tilingo, a nadie más…

Ahora caigo, aaaah, de eso se trata este seminario… ¡Oh! tragedia... conocida, aceptada y buscada tragedia...