Cuando chica, nunca me atraían los juguetes armados, prefería mil veces tomar algo abstracto y nuevo y convertirlo en lo que yo quería, quizás ese haya sido el motivo principal de mi fanatismo por la plastilina.
Por temporadas, se me ocurrían nuevas cosas que coleccionar: botellitas, latitas, tarjetas, papeles, carpetas, piedritas, semillas. Pero sin duda hay una que se destaco por encima de todas las otras, y es que nunca –hasta ahora- le había encontrado una explicación racional: era una botella de champú desconocido de medio tamaño, algo de su líquido jabonoso color verde había quedado dentro, por ese entonces también me gustaba hacer burbujas con detergente, así que le cargué algo de agua:
El efecto era sumamente atractivo, cuando volteaba la botella bocabajo el jabón formaba un remolino blanco que giraba por al menos 5 segundos seguidos. Era una minúscula porción de naturaleza, o al menos eso imaginaba.
Sentía que era un regalo personalísimo, sólo yo, en todo Corrientes, ¡que va! en todo el mundo, tenía un tornado propio, un tornado que bajaba y se desintegraba a mi voluntad.
Había breves lapsos de claridad en las que repudiaba el absurdo de cuidar y contener el secreto de mi recipiente de champú mágico, pero era incapaz, no podía simplemente vaciarlo y dejar escapar con él todo mi poder soberano, Todo lo que controlaba, lo que sólo Yo había descubierto, creado.
Pero llegó el día –de no ser así, quizás no estaría yo escribiendo esto- en que sucedió, estaba en la habitación de mis padres a la hora de la siesta, y con total autonomía la botella se deslizó por entre mis dedos y cayó al suelo; intacta, vomitó todo su contenido que quedó esparcido por el piso convertido en espuma blanquecina. Por un momento pensé que era una extraña forma de sangre, “se murió”, decía, “se fue y no va a regresar. Lo tenía entre mis manos y no pude hacer nada”. Mis hermanos miraron con indiferencia mi desasosiego y mis padres –más sabios- ni siquiera me reprendieron por haber manchado su cuarto, una especie de lástima se asomó por su mirada, no me gustaba, nunca me gustó, pero esa vez me pareció tan favorable. Traté volver a crearla, claro está, pero nunca más volvió a aparecer.
Fui soberana por un momento de mi creación, así deben de sentirse inventores y artistas, es decir todos los adultos que trabajamos o aspiramos a trabajar, es más, viviendo ya recreamos lo que nos rodea, pero esa sensación de decepcionante liberación cuando la botella ya no estuvo, esa total certeza de que no puedo controlarlo todo y de que tampoco puedo mantenerlo por siempre, es lo que lo mantiene en mi memoria.
"Es como cuando cuidas de un pichón herido que sabes que va a morir, lo haces porque sabes que es algo que te conecta con algo más grande, algo que no sabes qué es, pero que lo sentís. Querés curarlo, lo deseas con todas tus fuerzas, y cuando muere, extrañamente, eso parece reafirmar aún más tu sentimiento."
Es una cadena de decepciones que te liberan del absurdo de creerte dios, pero que a la vez, te hacen ver que podés intentarlo una y mil veces, que a veces lo conseguís efímeramente y que a veces no, pero que el recuerdo de cada uno fue, es y será tu mejor y mayor creación.
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