miércoles, 14 de abril de 2010

Tragedia en el aula 5

Un desaguadero inútil pegado contra la pared, seco, en desuso. Me lo quedo mirando un largo rato, me hago preguntas divagantes sobre el por qué lo habrán convertido en basurero improvisado del aula, pienso en los antiguos habitantes, ¿qué habrá sido este lugar? Un cuarto, quizás, o un depósito. Imagino a mis compañeros convertidos en cajas llenas de víveres para el invierno, amontonados –como ahora- y en este mismo lugar, esperando la libertad de un pasillo estrecho, y sin embargo llenos de esperanza de que los lleve hasta una perecedera libertad.
Vuelvo a mirar el desaguadero, papeles brillantes, rojos y blancos, hojas de cuaderno, y toda una fauna que bien podría describirnos en segundos están encimadas en su interior, “otra metáfora”, pienso.
Tres distorsiones del entorno me devuelven al tiempo y el espacio pseudo real: una molesta brisa fría entra por el ventanal que no cuenta con la traba moderna que sí tiene la otra -el clásico papel doblado- además un ruido ensordecedor simula ser la proyección de una película de la cual sólo veo tres cabezas melenudas rodeadas de una luz brillante –como siempre en el aula, predomina la Supervivencia del más alto-, "si no van a subir la tele a una altura decente, al menos debería haber un decreto que obligue una rapada al ras para todos los alumnos", pienso; y sólo escucho el idioma marciano de los posibles tíos lejanos de Darth Vader, “Ah, bien”, continúo “tanta ostentación de tecnología para que mi desempeño académico dependa de la senilidad de un viejo VHS”. Por si todo esto no fuese poco, mi estómago me habla, sí, me dice cosas, me suplica, me putea, me advierte, por momentos se olvida de mí para entablar conversación con un par de al lado, parece que se complotan. Miro los ojitos de súplica de mi compañera y me siento bien de vuelta, no soy yo, somos más de 40 loquitos lindos despeinados, preocupados, hambrientos y risueños (¿risueños de qué? Nunca lo sabré, pero a estas alturas es lindo no saber ciertas cosas).
Una transición lenta del calor hacia el frío, nublado, especial para echarse una buena siesta, pienso, y creo que pensamos todos. ¿Cuántas horas faltan para que termine este espectáculo? Eso sólo se preguntan los aburridos o los amargos, los otros seguimos, cuatro, cinco, seis, siete, ¡las que vengan! parecen gritar esos mates express listísimos para cuando quieran ser consumidos.
“Estos periodistas no tienen sentido de los horarios y las costumbres sociales, ¡maleducados!”, digo para mí, “¿a qué tipo cuerdo se le ocurre dar clases a las 1 de la tarde?”.
Y francamente, a un tilingo, a nadie más…

Ahora caigo, aaaah, de eso se trata este seminario… ¡Oh! tragedia... conocida, aceptada y buscada tragedia...

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