"Te odio, ojalá te pase algo malo" es lo más tierno que puedo decirle a una persona que verdaderamente quiero. Es que para mí las palabras fueron siempre muy embusteras y la única forma que he encontrado para relacionarme con ellas es a través de la ironía:
Entonces lo que digo no es lo que digo, lo que sale de mi boca es el antonimo perfecto de lo que siento, mis pensamientos son bipolares.

Y he aquí donde quería llegar, porque muchas veces me han acusado de ser insistente y repetitiva con las bromas a mi barrio (pero más adelante verán que es sólo una de las veces en las que uso mi "sarcasmo cruel"). "¿Estás seguro que me acompañas?, bueno pero si salís con cólera no es mi culpa","disculpa el embole de las calles, es que este mes todavía no vino la fumigación de pendejos", "con ese peinado de mi barrio no salis vivo", etc., etc., etc.
Lo que tiene es que crecí con él, como crecí con mi casa. Él cual dios Sol, ella cual diosa Luna, yo no pude ser más que esa hija sacerdotisa condenada a idolatrarlos y amarlos para siempre.
Sí, parece exagerado pero es que estoy muy acostumbrada levantarme por las mañana y que la suave brisa que entra por la ventana balcón sea la unica chica del clima. Así aprendi a oler las estaciones, la humedad, la tormenta, la felicidad y la tristeza.
A veces me siento en el techo de mi casa a observarlo (cuando puedo, esa práctica felina es una de mis favoritas) y me pregunto qué tipo de pesar vil y silencioso me arrastraría si algo de esa maqueta tan imperfecta y mundana me faltara.
No me puedo responder, sin embargo lo vivo día a día. Debe ser ese el sentido de pérdida que uno adquiere con el paso de los años, cuando esas cosas que uno ama y no se da cuenta de que ama de pronto desaparece, y se convierte en "memoria, en un sueño que va desapareciendo", como dice la canción.
Lo viví cuando mi pequeña, peluda y pulgosa confidente se fue, cuando la señora solitaria y octagenaria a la que siempre le cocinaba algo rico no volvió a tocar el timbre de mi casa, cuando aquella otra dejó de acercarse a curiosear conmigo ayudada con
su bastón, cuando aquel pino que en ese entonces me parecía tan gigante y tan lleno de recovecos para jugar feneció en el suelo. O ahora que declaran "desaparecido" a aquel panzón tan lleno e irradiante de confianza, alegría y humana sabiduría monumento viviente de mi barrio, con sus ojotas de "qué me importa su dinero", su lentitud tan acorde a nuestro barrio (mio y suyo) y su barba, su pelo y su voz crecida pero ese sentimiento humano y arraigado de un Che revolucionario, único ejemplo legítimo de misericordia y humildad cristiana.
Memoria imagen del padre Coco repartiendo amor y caramelos a el grupo hetereogéneo y (aún) inocente de chicos que felices salíamos del catecismo.
Memoria imagen de su capillita blanca y luego rosada que siempre valió más para mí que el Vaticano entero, de esa capilla que sí se puede denominar Iglesia, de aquellos hombres que no merecen nombrarla y de ese sillón que siempre acunó a su guardián, todo eso vive en mí.
De los niños padres y madres que fueron mis compañeros, de esas señoras y de esos señores que aún viven, pero sólo en mi archivada infancia... y allí ríen y caminan aún por estas calles de arena tan destrozadas, tan olvidadas y lejanas.
De esos bebés que ahora visten guardapolvo y de esos niños que de tirar chupitas en verano y cohetes en Navidad pasaron a tirar caricias fugaces en la esquina y rellenar de música y tererés la apacible siesta.
Que sería de mí, qué sería yo y qué sería mi casa si las señoras no compraran las verduras a la media mañana, si el bullicio de niños, gorriones y perros enmudeciera, si el señor de la carreta dejara de pasar y si en la radio no se rezara.
Sin tu verde, sin tu gris, sin tu azul...
...y lo que es peor (y lo que es mayor) Qué sería de todos nosotros si Ella no nos hubiese prestado su nombre, su santo nombre. "Pero qué nena religiosa" pensarán algunos, nada más alejado de la realidad, qué me importa a mí San José, Santa Cecilia o Santa Bárbara. Lucía es mi amiga, es mi hermana, es mi madre y es mi abuela, hay algo secreto entre nosotras dos, ese amor que no cualquiera puede jactarse (y conste que ni Dios ni la religión tienen con esto nada que ver) de sentir alguna vez.
En definitiva, es eso, que si marco tus errores, si le resfrego en la cara a la gente sus propios prejuicios hacia vos, mi barrio, es porque siempre vas a ser una parte ontologica de mi ser, porque ahí vas a estar aunque ni en el mapa figures.
y te quiero,
sobre todo,
y así como se vuelca mi alma cuando nadie me recibe
con su cola inquieta en mi portón,
el día que mis pies no toquen tus calles,
sabré que jamás volveré a casa.
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