S.:
Te dije: “yo no voy a sufrir el sufrimiento que me causó mi amor y tu desamor. Pero un día vos vas a sufrir, enamorado, mi desamor… “. Y seguí mirando la noche correr como una diapositiva enloquecida (quizá eso sería lo más parecido a llorar que pude hacer), cerré los ojos, en silencio, avergonzada de lo torpe y redundante que había sido mi pensamiento.
Yo no creo en la venganza, ni creo que algún día ese haya sido mi propósito. Sí me creo una total destructora de sentimientos y aquel día prometí jamás, jamás dejarme ahogar en uno ellos, nunca más volver a creer. “No más prisionera de algo que no puedo controlar”, me juré. Y sí, soy una destructora de sentimientos, mi Razón es mi peor amigo o mi mejor enemigo, en él me regocijo y gracias a él aún estoy viva.
Cúlpale a Él, entonces, que ahora sienta por vos el más odioso de los sentimientos: la indiferencia. No te quise enamorar, hubiese dado la vida por nunca haberte visto rendido, débil, tan chiquito… “¿querías que sintiera lo mismo? Esa es tu especialidad, ¿no? Bueno, me ganaste”, así me dijiste el día del final (uno de los tantos finales). “¡No!” te respondí inmediatamente, ahora sé, más que para convencerte para convencerme a mí. Y es que no pude evitar sentir esa chispita jubilosa que causa un traguito de soberbia y vanidad corriendo por mis venas.
No voy a pedir perdón, vos mejor que nadie lo sabes, y de la misma manera sabes que no te voy a perdonar. Pensar, pensar, pensar, por eso me es imposible olvidar. No olvido. Por eso ahora te destruyo de ésta manera, pero no es mi intención hacerte daño, no. Entendeme. Yo sé que me entendes. Entonces alejate. Alejate, sabes que siempre amé más, mucho más la debilidad del fuerte que la fortaleza del débil. Ruego a los astros nunca deba hacer con nadie más lo que hice con vos…Ya no te reconozco. Llevate lo que alguna vez fui, ya no me interesa. Te borré de mi memoria, con vos murió las últimas gotas de confianza e inocencia, de aquella niña que nunca debí ser.
Y ahora me gusta ser aquella que sabe aplastar sus sentimientos en pensamientos y pasiones candorosas, mariposas de una hora o dos…
¿Y mi amor?... Bueno quizá alguien lo encuentre… por mi parte, cuando más lejos, mejor.
M.
Te dije: “yo no voy a sufrir el sufrimiento que me causó mi amor y tu desamor. Pero un día vos vas a sufrir, enamorado, mi desamor… “. Y seguí mirando la noche correr como una diapositiva enloquecida (quizá eso sería lo más parecido a llorar que pude hacer), cerré los ojos, en silencio, avergonzada de lo torpe y redundante que había sido mi pensamiento.
Yo no creo en la venganza, ni creo que algún día ese haya sido mi propósito. Sí me creo una total destructora de sentimientos y aquel día prometí jamás, jamás dejarme ahogar en uno ellos, nunca más volver a creer. “No más prisionera de algo que no puedo controlar”, me juré. Y sí, soy una destructora de sentimientos, mi Razón es mi peor amigo o mi mejor enemigo, en él me regocijo y gracias a él aún estoy viva.
Cúlpale a Él, entonces, que ahora sienta por vos el más odioso de los sentimientos: la indiferencia. No te quise enamorar, hubiese dado la vida por nunca haberte visto rendido, débil, tan chiquito… “¿querías que sintiera lo mismo? Esa es tu especialidad, ¿no? Bueno, me ganaste”, así me dijiste el día del final (uno de los tantos finales). “¡No!” te respondí inmediatamente, ahora sé, más que para convencerte para convencerme a mí. Y es que no pude evitar sentir esa chispita jubilosa que causa un traguito de soberbia y vanidad corriendo por mis venas.
No voy a pedir perdón, vos mejor que nadie lo sabes, y de la misma manera sabes que no te voy a perdonar. Pensar, pensar, pensar, por eso me es imposible olvidar. No olvido. Por eso ahora te destruyo de ésta manera, pero no es mi intención hacerte daño, no. Entendeme. Yo sé que me entendes. Entonces alejate. Alejate, sabes que siempre amé más, mucho más la debilidad del fuerte que la fortaleza del débil. Ruego a los astros nunca deba hacer con nadie más lo que hice con vos…Ya no te reconozco. Llevate lo que alguna vez fui, ya no me interesa. Te borré de mi memoria, con vos murió las últimas gotas de confianza e inocencia, de aquella niña que nunca debí ser.
Y ahora me gusta ser aquella que sabe aplastar sus sentimientos en pensamientos y pasiones candorosas, mariposas de una hora o dos…
¿Y mi amor?... Bueno quizá alguien lo encuentre… por mi parte, cuando más lejos, mejor.
M.
P/D.: y ese perfume, ¡ese perfume que no me deja respirar! ¿Me odiarías si te contara su origen? Sinceramente, no me interesa.

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